Inicio/Cuentos

Mia

Desde que podía recordar, Mia siempre había vivido en lo alto de un tornado. Cada cierto tiempo, su casa crujía, las tazas de té tintineaban en la vitrina y, en el siguiente instante, el tornado se la llevaba en volandas hacia tierras desconocidas.

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El topo tuerto

Aunque los topos tienen ojos, has de saber que su visión es tan pobre que apenas pueden distinguir el día de la noche. Pero como viven bajo tierra, a oscuras y sin ningún paisaje interesante que disfrutar ahí abajo, ni falta que les hace. Por eso son ciegos, porque no usan sus ojos desde hace muchos muchos siglos.

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Un mar de lágrimas

Lo primero que hizo Emilio al nacer fue llorar, como todos los niños. Lo que pasa es que él siguió llorando y llorando, de día y de noche, hasta que sus padres ya no pudieron más. Desesperados, los padres y los abuelos decidieron que lo mejor era explicarle a Emilio que los hombres de verdad no lloran. Y así lo hicieron: cada vez que Emilio lloraba, le tachaban de flojo, llorica, exagerado y mil cosas más, hasta que un día, a los cinco años y tres meses exactos, el niño dejó de llorar.

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La tuba

El primer regalo que recibió Marcos, nada más nacer, fue una gran tuba enroscada que hasta ese momento había pertenecido a su padre. Estaba como nueva, pues éste apenas la había tocado aunque siempre había soñado con ser un gran concertista de tuba.

Apenas empezó Marcos a caminar, su padre llevó la tuba su habitación para que pudiera practicar día y noche.


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El delicioso

Había una vez un gato casero que estaba delicioso. Tenía un sabor tan fantástico que ningún ser vivo podría haberse resistido a comérselo con sólo rozarle con los labios. Estaba tan rico que incluso él mismo pasaba horas y horas lamiéndose el pelaje para disfrutar de su propio sabor. Por suerte nadie en la casa sabía que el gato fuera tan sabroso, porque opinaban que a un gato no se le debe tocar con la boca, por si los microbios. Así, el minino vivió muy feliz durante unos cuantos años.

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