El topo tuerto

publicado a la‎(s)‎ 27 mar. 2016 5:58 por Anca Balaj   [ actualizado el 27 mar. 2016 6:29 ]



Aunque los topos tienen ojos, has de saber que su visión es tan pobre que apenas pueden distinguir el día de la noche. Pero como viven bajo tierra, a oscuras y sin ningún paisaje interesante que disfrutar ahí abajo, ni falta que les hace. Por eso son ciegos, porque no usan sus ojos desde hace muchos muchos siglos.

Un día, bajo un campo de amapolas, nació un topo tuerto, es decir, un topo que veía con uno de sus ojos. El pequeño Pin, que es como se llamaba, desde recién nacido empezó a tener comportamientos curiosos: se despertaba cada día a la misma hora, con los primeros rayos de sol y se acostaba nada más terminar de atardecer.

—¡Buenos días! —exclamaba cada mañana con entusiasmo.

Sus padres meneaban la cabeza con desaprobación. Cosas de niños, pensaban, ya se le pasará. Pero al niño no se le pasaba. Con el tiempo sus conversaciones sobre aquello que se podía ver eran cada vez más frecuentes y extensas: que si el túnel es muy oscuro, que si con tanta tierra apenas se puede distinguir una raíz de una lombriz, que si lo guapa que eres, mamá.

Un día, mientras sus padres hacían la siesta, Pin asomó su naricilla fuera del túnel. A esa hora las amapolas tomaban el sol con los pétalos abiertos de par en par y el césped brillaba como si estuviera hecho de oro verde. El cielo parecía haber hecho limpieza para recibir la visita del topo, sin una sola nube que pudiera distorsionar la pureza de su azul.
Pin se quedó sin aliento ante tanta belleza y color. ¿Cómo era posible que los demás topos quisieran vivir bajo tierra, con toda la hermosura que había por doquier?
Esa noche, mientras su madre le arropaba, Pin se atrevió a contar todo lo que había visto ahí fuera.

— ¡Chist! —su madre se apresuró a taparle la boca con la pata —. No quiero oírte decir más tonterías, Pin. Estuvo bien mientras eras pequeño, pero ya es hora de que empieces a comportarte como un topo mayor. No hay días ni hay noches, no hay flores de colores, mientras que el sol simplemente no existe. Deja de inventarte todas historias absurdas o te van a tomar por loco.
— Pero, mamá, yo lo he visto...
— Chist... Yo también he estado fuera y sé que está igual de oscuro que aquí abajo, Pin.
— Pero... 
—¡Chist! – concluyó la madre.

A partir de ese día, el topo tuerto procuró salir cada tarde a observar la superficie con su ojo bueno. Cuanto más salía, más veía y hasta su ojo malo empezó a distinguir algunas formas y colores. Alguna vez contaba a sus padres y vecinos todo lo que había visto, pero nadie le creía. Pronto empezaron a burlarse de él y algunos evitaban pasar cerca de Pin, por si acaso.

Un día ocurrió algo terrible. Del cielo azul cayó tanta agua (¡color transparente!), que los túneles de los topos se inundaron y apenas quedaba hueco para mantener la cabecita fuera del agua para respirar. No era la primera vez que pasaba, los topos más viejos del lugar recordaban haber vivido algo así y decían que había que flotar hasta que el agua se escurriese por debajo de los túneles. También decían que vendrían tiempos de hambruna, porque con la inundación habrán perecido todos los insectos que les servían de alimento.
Y así fue: durante los días después de la inundación, no había modo de encontrar nada que llevarse a la boca. Muchos topos estuvieron a punto de morir y otros cayeron enfermos.

— Podemos salir fuera. Hay muchos insectos voladores ahí, yo los he visto.

— ¿Voladores? ¿Qué es eso de volar por el aire? ¿Y qué significa exactamente "ver"? —protestaron los más sabios.

Los topos de la comunidad se disgustaron de sobremanera con las propuestas de Pin. Este tipo de alucinaciones no deberían permitirse: podrían oírlas los niños y acabar creyendo que son ciertas. Alguno podría escaparse y echar a correr por los campos hasta perderse y no volver a encontrar el agujero del que ha salido.
Pin insistía en relatar todo aquello que había visto en sus caminatas diarias, pero el enfado de los vecinos era cada vez mayor. Si hubiesen tenido un psiquiatra entre ellos, ese día sin duda le habrían puesto una camisa de fuerza al topo tuerto. 

A partir de ese día, todos los vecinos dejaron de hablar con Pin; algunos tiraban piedras al verle pasar y otros le insultaban. En el fondo de sus corazones, todos deseaban que el topo loco desapareciera de sus túneles para siempre, porque no hacía más que incordiar con sus historias de liebres blancas y soles amarillos. Le abucheaban , le criticaban y, cada vez que ocurría algo malo, le echaban la culpa a él.
Y así fue como llegó el día en que Pin decidió marcharse de los oscuros túneles, para no volver jamás.

Así que ya ves, la verdad es que en el país de los ciegos al tuerto no le hacen rey. Pero ¿quién querría ser rey bajo tierra, pudiendo brincar y retozar en un campo de amapolas?





Venus carnívora

publicado a la‎(s)‎ 20 mar. 2016 8:35 por Anca Balaj   [ actualizado el 20 mar. 2016 8:36 ]



Había una vez, en una galaxia muy lejana, un planeta idéntico a la Tierra, salvo por un pequeño detalle: en ese planeta todas las plantas eran carnívoras. Las rosas y las petunias habrían arrancado la nariz a cualquiera que se hubiese acercado a oler, el césped mordisqueaba los tobillos de los paseantes en verano y los nogales, en vez de cobijar bajo su sombra, enterraban a cualquier ser animado bajo una montaña de nueces para después devorarlo. En aquel lejano planeta, para comerse una lechuga había que dispararle una flecha primero, de lo contrario se corría el riesgo de invertir los papeles y acabar siendo uno mismo el primer plato de la hortaliza.

En ese lejano planeta vivía una pequeña planta carnívora, pero carnívora de verdad, como las que tenemos aquí. Era una planta flacucha y enclenque, pues en el desierto no había muchos bichos vivientes a los que dar un bocado. La pequeña Venus, que es como se llamaba, pasaba el día con las fauces abiertas esperando la llegada de alguna mosca despistada. Pero si por un milagro se le acercaba alguna, el ruido de sus tripas delataba las intenciones que traía la planta y echaba a perder la ocasión.

Un día, cuando ya no podía más, pasó por delante de ella un vendedor de helados con su carrito tintineante. El vendedor, gran amante de las plantas (como todos los que viven el desierto) se ofreció a alimentarla y ayudarla a recobrar un poco el aliento y el color.

— Solo me queda helado de cactus —dijo, tendiéndole un cucurucho.

Venus cerró la boca con fuerza y rehusó. No, no, no, antes perecería. ¿Una planta comiéndose a otra planta? No. ¡Jamás! Eso sería "plantibalismo", nunca se lo podría perdonar a sí misma.
El vendedor de helados se encogió de hombros y se marchó.

Pasaron los días y Venus siguió con la boca y las tripas vacías. Llegó el día en que perdió toda esperanza de volver a cazar y entonces se preparó para una muerte inminente: cerró la boca y levantó sus hojas hacia el sol, para disfrutar de sus últimos días en el mundo de los vivos. Así permaneció durante días y días, pero, al contrario de lo esperado, en vez de secarse y perecer, empezó a sentir su tallo cada vez más fuerte y sus hojas verdes y vigorosas. Un día sus tripas dejaron de sonar como una lavadora rota: la pequeña Venus había empezado a hacer la fotosíntesis.

Pronto se corrió la voz y todas las plantas de aquel planeta se enteraron de qué era eso de la fotosíntesis y cómo había que hacerla. Las más atrevidas se apuntaron enseguida a la moda y, con su ejemplo, convencieron a otras plantas de que no había nada que temer. Pronto no quedaba ninguna lechuga agresiva y las violetas se dejaban admirar y acariciar por los paseantes. Y así, poco a poco, el planeta entero se pobló de plantas inofensivas. Hoy en día en aquel planeta los bróculis ya no muerden y mucho menos lo hacen los tulipanes.

El paraíso

publicado a la‎(s)‎ 6 mar. 2016 8:43 por Anca Balaj   [ actualizado el 13 mar. 2016 4:37 ]



Había una vez un oso polar tan pequeño, que si uno no se acercaba a examinarle con detenimiento, bien podría haber pensado que se trataba un tardígrado. Tan pequeño era, que cualquier leve brisa se lo llevaba en volandas, para dejarle de nuevo sobre el suelo en tierras desconocidas, en el polo norte, en el polo sur o incluso en los trópicos y el ecuador. Cada vez que el viento se levantaba, el animalillo suspiraba resignándose a volar hacia un destino incierto. Hay que decir que las primeras veces su diminuto corazón se encogía de miedo (y con razón), pero a medida que fue recorriendo el mundo aprendió a aceptar la situación, sabiendo que donde quiera que el viento le llevara, encontraría el modo de arreglárselas. Se consolaba pensando en que, de llegar a tierras hostiles, pronto un nuevo viento le levantaría del suelo para alejarlo de ahí hacia otro destino mejor.
Y lo cierto es que el viento siempre cumplió su parte. En una ocasión le abandonó en una isla llena de huesitos de oso diminutos, pero apenas un par de días después le volvió a levantar en volandas para posarle suavemente sobre las hojas de un cocotero en otro país muy lejano. Y así ocurría en cada ocasión, ningún destino al que pudiera llegar, fuera éste hermoso o atroz, duraba para siempre.

Un día el viento le dejó caer sobre un cubito de hielo que flotaba en un vaso lleno de agua. La instruida señora que sostenía el vaso en el momento de su aterrizaje, supo enseguida que se trataba de un oso polar y no de un tardígrado. De inmediato pagó su consumición junto al importe del vaso de vidrio y le llevó a su casa antes de que el hielo llegara a derretirse.
Desde ese día, el pequeñísimo oso vivió en un acuario con agua fría, en el que la buena señora iba volcando la cubitera cada pocas horas. Nada podía echar en falta ahí, a salvo de cualquier animal gigantesco y de los vientos. Pasaba su tiempo buceando, secándose a la luz de la lámpara, acostado sobre un cubito de hielo, o enredándose entre las plantas acuáticas que se habían acondicionado para él. De entre todos los paraísos imaginables, el oso había llegado al que más se parecía a sus sueños.

Pero, ay... los paraísos no están hechos para disfrutar en vida. Una vez recuperadas las fuerzas perdidas en sus viajes y aventuras, una vez exploradas hasta los últimos recovecos del coral, el oso sintió añoranza del gran mundo que solía recorrer en volandas. Recordó tantos lugares que había visto desde las alturas y que habría deseado explorar, con las garras cruzadas para que la próxima vez fueran su destino... Ay...
Un día asomó su naricilla fuera del acuario. La ventana de la estancia estaba abierta y la brisa de verano le invitaba a subir a bordo como si de la azafata de un avión se tratara; le tendió una mano suave y el oso embarcó hacia un nuevo y desconocido destino. "Seguro que no será peor que la isla de los huesitos diminutos"— se dijo.

La musa

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2016 5:23 por Anca Balaj   [ actualizado el 24 feb. 2016 3:10 ]



Había una vez un pigmeo escultor llamado Bukuku. Su extraordinario talento y la delicadeza de sus obras eran conocidos en gran parte del continente, pero nadie había conseguido desvelar el secreto de su inspiración.

Desde muy pequeño, Bukuku se había quedado prendado de las maravillosas formas que adoptaban las nubes, de la suavidad de sus líneas y de qué manera tan delicada representaban figuras de la tierra. Mientras hacía sus primeras figuras de arcilla, Bukuku ya se inspiraba en las nubes y por las noches lamentaba tener que dormir bajo un techo que no le permitiera seguir observando su a sus musas celestes. A los cuatro años y medio decidió que de mayor viviría en una casa de cristal para jamás perder de vista las bellas obras de arte que paseaban por el cielo. Todo el mundo se reía de él por estas ideas. Sus padres le hicieron ver que ahí, en medio de la selva, nadie sabía construir casas de cristal. Pero como Bukuku era un pigmeo, finalmente no creció demasiado alto, así que se las arregló con un simple acuario, al que convirtió en su casa y su estudio de escultura. A veces los sueños se cumplen de manera diferente a cómo los soñamos y, en el caso de Bukuku, con su casa-acuario ya se sentía plenamente satisfecho.

Un día, mientras trabajaba en una deliciosa escultura, ocurrió algo terrible: un avión comercial atravesó la nube que le servía de inspiración, destrozándola casi por completo. El avión se alejó rápidamente sin pedir disculpas siquiera y ahí se quedaron la nube y el escultor, llorando cada uno a su manera, el uno con lágrimas y la otra con lluvia.
Bukuku resolvió arreglar la nube, costara lo que que costase. Recordaba con todos los detalles cómo era ésta antes del accidente; pensó que, para un escultor, recuperar su forma original sería coser y cantar... si lograba alcanzarla con sus manos.
El pigmeo siguió el camino de la maltrecha nube, un día y otro día. Por las noches repasaba en su memoria las formas que recordaba de ella, para al día siguiente emprender de nuevo el camino.

Y así viajaron el artista y su musa durante varias semanas, África arriba, África abajo, a merced del soplo de los vientos. Pero ninguno de los dos perdía la esperanza y llegó el día en que por fin llegaron a la montaña de Kibo. La nube, que fue la primera en llegar, se enredó al saliente de un pico y esperó ahí hasta que el artista encumbrara el volcán.
Bukuku empleó las técnicas más refinadas para aquella obra viajera. Modeló con sus propias manos cada pequeña curvatura que recordaba haber visto antes del accidente, no escatimó ni tiempo ni paciencia en reconstruir a su musa. Pero a medida que pasaban los días, un pensamiento se apoderaba de su mente: aquella escultura viajaría por todos los continentes, sería su obra más conocida y el mundo entero le juzgaría si cometía algún fallo. Poco a poco empezó a sentirse incómodo con algunas de las imperfecciones que la naturaleza había dejado en las curvas de la nube. Empezó a corregir primero pequeños detalles sin importancia, después alguna forma más relevante y finalmente se dispuso a rehacer por completo la obra, según su visión de artista.
Cuando la nube se dio cuenta de lo que el pigmeo estaba haciendo, se ofendió, luego echó a llover dolida y, por último, se lo sacudió de encima. Bukuku cayó de bruces sobre otra nube más pequeña que se había parado a mirar cómo trabajaba el artista. Desde esa pequeña nube, el escultor pudo observar cómo su musa se alejaba de él lo más rápido que podía, dejando un rastro de lluvia detrás de sí. El pigmeo intentó alcanzarla, pero su musa ya no le escuchaba. Deseosa de escapar, la bella nube sobrevoló las montañas del Kilimajaro en apenas unas horas.

Muchas nubes han pasado desde entonces sobre la casa-acuario de Bukuku. Algunas de ellas también fueron reparadas por las manos del artista tras un accidente. Pero Bukuku nunca más tuvo la tentación de cambiar y remodelar las formas originales de sus amadas musas, perfectas en su imperfección.

Flup y los números

publicado a la‎(s)‎ 14 feb. 2016 1:38 por Anca Balaj   [ actualizado el 14 feb. 2016 1:50 ]



Cuando Flup era tan solo un pequeño monstruo tenía alergia a los números. Seguro que has conocido a alguien con esta alergia, yo misma he tenido alguna vez crisis de este tipo en mi infancia y juventud. 
El caso es que Flup vivía en un país en el que las cifras gozaban de gran consideración y campaban a sus anchas en donde les viniera en gana. Cuando menos lo esperabas, aparecían como caídos del cielo toda clase de números y obligaban al pequeño monstruo a refugiarse bajo el paraguas para evitar verse salpicado. 
De poco le servía el paraguas, de todos modos. Como te he dicho, en aquel país los números campaban a sus anchas y de pronto aparecían sobre las puertas de las casas, en las puntuaciones de los videojuegos y, el colmo de los colmos, hasta en el precio de las golosinas. El país estaba invadido por números, debido a la política permisiva que se aplicaba acerca de ellos. 
Flup hacía lo que podía para sobrevivir. En cuanto empezaba a chispear cifras, abría su paraguas y se quedaba ahí debajo, sin pestañear siquiera, hasta ver el cielo despejado de nuevo. Entonces emprendía de nuevo su camino, haciendo lo posible por olvidar la pesadilla que tenía que sufrir día sí y día también. 

Un día, en mitad de una tormenta de cifras, su paraguas no resistió más y se partió por la midad. Flup quedó al descubierto, sin ninguna protección. Presa del pánico, el pequeño monstruo se refugió en el primer edificio que encontró. 
Pero, qué mala suerte, aquel edificio era ni más ni menos que una escuela de matemáticas. ¿Sabes lo que esto quiere decir? Que tooodas las paredes estaban cubiertas de números grandes y pequeños, números de todos los colores posibles Incluso había estatuas y retratos de los números más destacados, como los Números Primos y Pi. Flup se impresionó tanto, que casi no se podía tener el pie del mareo. 
En cuanto el profesor de la escuela vio a Flup supo lo que le ocurría y se lo llevó a un aula con las paredes lisas, la única estancia de la escuela (y puede que del país) libre de números. 

— Te ayudaré —aseguró el profesor tras explicarle a Flup que se encontraba en el aula reservada para los alérgicos a los números. 

Desde ese día el profesor, un monstruo de las matemáticas (que sabía resolver cualquier suma, resta, multiplicación o división con solo una pizarra y una tiza) impartió clases particulares a Flup. Y a medida que el pequeño iba comprendiendo lo que cada número significaba, su alergia fue bajando hasta desaparecer por completo. 
Hoy en día Flup puede nombrar de carrerilla los primeros cien Números Primos, sin parar ni a respirar. 

El fantasma miedoso

publicado a la‎(s)‎ 7 feb. 2016 3:29 por Anca Balaj   [ actualizado el 7 feb. 2016 3:30 ]



Cuando era pequeña tenía mucho miedo a los fantasmas, pensaba que eran seres terribles y maléficos. Pero a medida que fui conociendo fantasmas —y te aseguro que he conocido muchos— comprendí que cada uno tenía su propia personalidad, muy distinta a la de los demás. Ahora ya no tengo prejuicios y, cuando me encuentro uno, antes de echar a correr compruebo primero si de verdad es peligroso.

El fantasma de esta historia era un fantasma miedoso. Le asustaban las alturas, temía a la oscuridad y hasta sentía pánico cuando veía algún otro fantasma como él. Por este motivo todas las noches, mientras debía vagar por el mundo como era su obligación, lo que nuestro fantasma hacía era buscar un lugar donde esconderse hasta el amanecer.
Una noche, mientras se dirigía a su escondrijo favorito, escuchó un crujido sobre el camino y se asustó tanto que se metió por la primera rendija que vio. Casualmente se trataba de la rendija de una colmena salvaje. Hay que aclarar que "salvaje" significa solo que las abejas no habían sido domesticadas y vivían en libertad, aunque el miedoso fantasma no sabía esto y pensaba que todos los seres salvajes eran depredadores sanguinarios. Pero si lo piensas bien, sería bastante absurdo pensar semejante cosa de... un caracol salvaje, por ejemplo.
Por suerte las abejas estaban durmiendo en aquel momento y ni se enteraron de la presencia del extraño ni de sus prejuicios respecto a los habitantes de la colmena. El fantasma se coló en una de las celdas del panal que parecía deshabitada. Decidió esperar ahí hasta el amanecer y marcharse antes de que las abejas pudieran darse cuenta de su visita y le devoraran sin piedad. Se acomodó como pudo y se dispuso a pensar en las musarañas...
Sin embargo había algo que le incomodaba. El fantasma se removió un poco. Y luego otro poco y luego un poco más. Pero por más que cambiara de postura, seguía sintiendo como si le clavaran alguna cosa en el trasero, una cosa bastante pequeña, pero dura y punzante, como cuando se te mete una piedrecita en el zapato.

Harto de las molestias, el fantasma metió la mano hasta el lugar en el que se encontraba la cosa punzante, palpó y rebuscó, la agarró y la arrancó de la pared de cera para observarla de cerca.
Lo siguiente que hizo el fantasma fue gritar como si hubiera visto un fantasma. Y no andaba muy desencaminado, porque lo que tenía en la mano, lo que había encontrado en la pared de cera de la colmena era ni más ni menos que una calavera humana, del tamaño de un grano de arroz.

Ahora imagina que estás durmiendo como un angelito y de pronto alguien grita en tu habitación. Imagina que abres los ojos y te encuentras ahí un fantasma aullando... ¿Qué harías? Pues eso es exactamente lo que hicieron las abejas: gritar con todas sus fuerzas y salir de la colmena lo más rápido que pudieron, para no volver nunca más.
El fantasma miedoso, por su parte, entró en pánico al ver a las salvajes gritando y aleteando a su alrededor. También abandonó la colmena lo más rápido que pudo y se alejó del lugar para no volver nunca más.
Y así fue como aquella vieja colmena quedó deshabitada para siempre.

Te preguntarás por la calavera diminuta. Verás, las cosas no son lo que parecen, sobre todo cuando las piensas deprisa, a oscuras y muerto de miedo. Aquella calavera era la obra de una abeja artista, la decoradora de la colmena. Si el fantasma se hubiera molestado en mirar, habría encontrado una diminuta figura de cera en cada una de las celdas del panal. Las esculturas representaban objetos de lo más diverso: árboles, flores, zapatos rotos, rastrillos... y casi cualquier cosa que se puede encontrar una abeja mientras sobrevuela el campo. Pero el fantasma miedoso nunca supo nada de su arte y aquella calavera diminuta no hizo más que confirmar sus prejuicios sobre la crueldad sanguinaria de los seres salvajes. Y desde aquel día el fantasma miedoso es todavía más miedoso.

Un pulpo caculador

publicado a la‎(s)‎ 31 ene. 2016 6:11 por Anca Balaj   [ actualizado el 31 ene. 2016 6:13 ]



Había una vez un pulpo que desde muy pequeñito se había interesado por los números. Le gustaba contar las patas de todos los bichos, era capaz de calcular cualquier distancia y lograba robarte el bikini en 2,17 segundos, es decir mucho antes de que pudieras darte cuenta siquiera. Para nuestro pulpo absolutamente todo podía representarse con números: las nubes y sus millones de moléculas, el número de miembros de un banco de peces, la longitud de los brotes de las algas, la edad de un coral... Para él todo eran números, todo excepto los bikinis de colores vistosos: quedaba tan encandilado por su belleza que solo conseguía balbucear "amarillo..." o "fucsia...", mientras calculaba los movimientos y el tiempo que necesitaría para apoderarse del tesoro.

El día en que mi sobrina, Luisa, fue a bañarse a la playa, el pulpo batió su propio récord y le robó el bikini en 1,8 segundos de reloj. La niña solo se enteró de la fechoría al ver ondear la prenda por los aires, asida por uno de los tentáculos del molusco. Imagina qué vergüenza, se había quedado completamente desnuda y, en cuanto saliera del agua, las risas que nos íbamos a echar a su costa serían de campeonato. A Luisa no le hacía ninguna gracia el asunto, la verdad sea dicha.
Se le ocurrió entonces una idea: tiraría su lazo del pelo —que era lo único que todavía llevaba puesto— y así distraería al pulpo y le obligaría a soltar su bikini.

En este punto tengo que decirte que a Luisa no le gustaban mucho las matemáticas. Sufrió lo que hubo que sufrir para aprender a sumar y restar, después para multiplicar... pero cuando llegaron a las divisiones mi sobrina decidió que ya estaba bien. El primer día de clase de divisiones la maestra explicó que eran como las multiplicaciones pero al revés y Luisa, aliviada, dejó de prestar atención: cuando llegara el momento de tener que dividir, lo multiplicaría al revés y chimpún. Y, aunque ella no comprendiera nada, la cuestión es que le funcionaba y sacaba buenas notas en los exámenes de divisiones.

Bien, había llegado el momento de dividir. Si el pulpo tenía ocho tentáculos, ¿cuántos trozos de lazo del pelo tenía que lanzar para obligarle a soltar el bikini?

— Tengo 1 lazo y 8 tentáculos, entonces 1x 8=... No, no, espera, que es como multiplicar pero al revés. Tengo 1 lazo y 8 tentáculos, entonces si del derecho 1x8=8 del revés debía de ser... 8:8=1

A Luisa le pareció muy raro el resultado, pero según los cálculos matemáticos, que no engañan, la niña asumió que bastaba lanzarle un solo lazo y las misteriosas matemáticas harían el resto.
Dicho y hecho. Luisa ondeó su lazo para llamar la atención del pulpo y... ¡zas! lo lanzó lo más lejos que pudo.

Si sabes resolver problemas matemáticos, ya te puedes imaginar lo que pasó a continuación.  El molusco calculó el momento preciso en que la cinta estaría a su alcance, según el peso del lazo, la fuerza de la niña y la fricción del viento. En el instante exacto, levantó uno de sus tentáculos libres, atrapó su lazo y se marchó del lugar propulsado a 30 kilómetros por hora, dejando a mi sobrina completamente desnuda.
Una hora más tarde Luisa salió del agua tal como su madre la trajo al mundo, o tal vez un poco más arrugada, para gran diversión de todos los que estábamos ahí.

No sé qué habrá sido del pulpo calculador ni cuántos bikinis tendrá ya en su colección. Lo que sí puedo asegurarte es que desde ese día mi sobrina dejó de pensar en las musarañas en clase de matemáticas y ahora sabe resolver cualquier división que le pongas, sobre todo si el enunciado habla de pulpos.







La verdadera historia de Edward, el fantasma

publicado a la‎(s)‎ 23 ene. 2016 4:27 por Anca Balaj   [ actualizado el 29 ene. 2016 9:25 ]



Había una vez un fantasma que vivía en una diminuta tribu del Cuerno de África. En realidad nuestro fantasma había vivido (y muerto) en Londres, pero acudió hasta Etiopía en una ocasión, invocado por el santero de la tribu, y ahí se quedó a vivir. El cálido clima de África resultaba mucho más beneficioso para su viejo cuerpo hecho de vapores.
Al principio Edward, nuestro fantasma, se sintió asombrado por todas las maravillas que ofrecía el desierto de Danakil. Agradeció el alivio que el calor aplicaba sobre sus huesos vaporosos y procuró cumplir con su misión de espectro lo mejor que supo. Cuando los demás fantasmas del lugar le miraban raro (probablemente por llevar bombín y paraguas), Edward procuraba hacer caso omiso y ocuparse de sus asuntos. Hacía sus rondas nocturnas en solitario y se acostumbró a mantenerse un poco apartado de las demás almas en pena durante los rituales del santero.

Sin embargo, con el tiempo, Edward empezó a sentirse solo. Ni el fantasma más muerto puede sobrevivir ... bueno, en este caso sería más correcto decir que no puede "sobremorir" sin otro igual con el que compartir su condena eterna.
Cuando ya no podía más, el fantasma decidió regresar a casa: en la primera ocasión en la que le invocaran para alguna sesión de espiritismo, viajaría hasta Londres y ahí se quedaría, con o sin dolor de huesos. Pero, ay, cuando han pasado 200 o 300 años ya nadie se acuerda de uno y no había modo de que le volvieran a invocar. Y así fue como Edward se convirtió en un fantasma que ya no era de ninguna parte: ni le querían aquí, ni le buscaban allí.

Entonces tuvo una idea: iba a hacerse famoso. Si todos los brujos, santeros o videntes oían hablar de él, le invocarían en todas partes, también en Londres. Desde ese momento Edward dedicó cada minuto del día en tramar las apariciones que realizaría durante la noche, mejorando sus conocimientos de fantasma y atreviéndose a entrar en las alcobas de los guerreros más valientes. Tomó clases de canto para aullar en do mayor, aprendió a despertar a los asnos salvajes y hasta se compró unas cadenas de quita y pon para que sus pasos sonaran más dramáticos. Pero pese al esfuerzo, nada: siempre que llevaba a buen término una hazaña, le contaban la historia de otro fantasma que lo había hecho mejor que él, años o siglos atrás.

Un día caluroso como pocos, Edward se encontraba absorto en crear nuevas ideas con las que llamar la atención. Estaba inspirado ¡se le había ocurrido la mejor idea de todos los tiempos! Como loco anotaba en la arena el mapa de sus travesuras y ni se enteró de la presencia del vendedor de helados hasta que lo tuvo al lado:


—¡Al rico helado, oiga! — gritaba el vendedor, pese a que el desierto estaba... bueno, el desierto estaba desierto.

— Deme uno de esos helados —dijo Edward sin despegar la vista de su mapa. Tan absorto estaba en su idea fabulosa, que el pobre ni se acordaba de que estaba muerto y, por lo tanto, no comía helados.

El vendedor, que de pronto se había vuelto blanco, le tendió un cucurucho de helado de cactus y echó a correr sin cobrar siquiera la mercancía.

Te diré que la fechoría que el fantasma había planeado con tanto ahínco tampoco tuvo éxito aquella noche, pero por la mañana, los periódicos del mundo entero amanecieron con un titular: "Fantasma inglés compra helado de cactus en pleno día". Y el mundo entero se estremecía ante la idea de que los fantasmas existieran de verdad. Pero lo más importante es que todos los videntes, santeros y brujos del planeta conocieron el paradero de Edward.
Durante las noches siguientes, a Edward le invocaban de todas partes, tuvo que viajar a tres o cuatro países cada noche para cubrir todas las solicitudes que recibía. Siguió apareciendo en los periódicos y recibió cartas, ruegos y ofrendas de día y de noche... Y todo por haber comprado un helado que ni siquiera había sido consciente de haber comprado. Había tenido suerte, de otro modo quién sabe cuánto habría tardado en lograr su propósito. Así había sido, un golpe de suerte inesperado.

Durante su vuelo de regreso a Londres, Edward anotó el mejor mensaje de ultratumba que debía transmitir a los mortales: "La suerte existe, pero tiene que encontrarte trabajando."

Un mar de lágrimas

publicado a la‎(s)‎ 19 ene. 2016 11:25 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:32 ]



Lo primero que hizo Emilio al nacer fue llorar, como todos los niños. Lo que pasa es que él siguió llorando y llorando, de día y de noche, hasta que sus padres ya no pudieron más. Desesperados, los padres y los abuelos decidieron que lo mejor era explicarle a Emilio que los hombres de verdad no lloran. Y así lo hicieron: cada vez que Emilio lloraba, le tachaban de flojo, llorica, exagerado y mil cosas más, hasta que un día, a los cinco años y tres meses exactos, el niño dejó de llorar. 
A partir de entonces, cada vez que algo le apenaba, Emilio se aguantaba las lágrimas y dejaba secar la pena hasta que ésta cristalizaba y se quedaba ahí, clavada, sin moverse ni molestar. Cuando se llevaban un susto, los amigos de Emilio lloraban y solo él mantenía el tipo. Todos niños le admiraban por esto y alguno hasta le tenía miedo, porque a ver qué clase de niño era ese que no lloraba nunca por nada.

Pero un día Emilio hizo algo terrible. No te voy a contar lo que hizo, porque a él no le gustaría y porque tampoco es tan grave: todo el mundo ha hecho algo terrible alguna vez. En el caso de Emilio había sido sin querer, pero con intención o sin ella, la cuestión es que seguía siendo terrible. El chico sentía un dolor inmenso por lo que había hecho pero no había modo de volver atrás y borrarlo. Intentó hacer como siempre hacía, guardarse la pena para que cristalice y deje de molestar, pero esta vez el cristal era muy grande y se clavaba muy dentro... además se removía todo el tiempo y no le dejaba ni dormir.

Cuando ya no lo soportó más, Emilio se escondió en el trastero y, en silencio, lloró. Y cuanto más lloraba, más ganas tenía de llorar. Las lágrimas le empaparon la camiseta y resbalaron por debajo de la puerta como un pequeño río salado. Y Emilio seguía llorando. Al cabo de un rato estaba completamente mojado por fuera, pero también por dentro, donde brotaban sus lágrimas. Con tanta agua, los cristalitos clavados que guardaba en su interior empezaron a diluirse y se fundieron en el agua; resbalaron por su cara, por su pecho y por debajo de la puerta hasta llegar al jardín, junto al resto de lágrimas. 

La casa de Emilio anocheció mecida por un mar de lágrimas. Con el balanceo de ese mar, arriba y abajo, el niño quedó dormido y al fin pudo descansar de su culpa.

Si has estudiado el ciclo del agua, no te sorprenderá en absoluto lo que ocurrió a continuación: en cuanto se hizo de día, las lágrimas empezaron a evaporarse calentadas por el sol. Una por una, se refugiaron allá arriba, dentro de una nube blanca y emprendieron un viaje hacia países lejanos, empujadas por el viento de las alturas. Sabrás también que, llegadas a destino, se convirtieron en lágrimas dulces y cayeron sobre la tierra seca. Cada lágrima regó una flor o un fruto. Algunas saciaron la sed de algún animal salvaje, o un gatito juguetón. Sería imposible relatarte cuál fue destino de un mar de lágrimas, una por una, lo que sí puedo asegurarte es que ninguna de ellas se desperdició en vano.

Corriendo con gatos extraordinarios

publicado a la‎(s)‎ 4 feb. 2015 3:35 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:20 ]




Cuando tenía tu edad yo era un bicho raro. Mis padres estaban muy preocupados por mi extraño comportamiento: desde que me levantaba hasta que me acostaba, yo corría sin parar.
Me gustaba correr. Corría en pijama desde la cama a la cocina en cuanto oía el despertador, corría para ir al baño siempre en el último momento y al borde del pis; corría dando vueltas alrededor de la mesa mientras desayunaba y después corría detrás del autobús escolar hasta el colegio. Una vez en el aula, corría a la papelera para hacer punta, corría a abrir o cerrar las ventanas y corría a limpiar la pizarra cada vez que había que hacerlo. Y así todo el día, corría y corría y corría. Muchas veces incluso corría en sueños.
Por la tarde solía ir al parque. Mi madre me llevaba nada más salir del colegio, “Para que se desfogue" —decía. Ese era el único momento del día en el que no me reñían por correr y así el parque se convirtió en mi lugar favorito en el que hubiera pasado mi vida entera si me hubiesen dejado.

Ahí, en el parque, era donde corría con los gatos extraordinarios. ¿Has corrido alguna vez con un gato, aunque fuese un gato común? Si es así entenderás de lo que te hablo, pero sólo a medias, los gatos con los que yo corría eran realmente extraordinarios: Flurb, un enorme gato sin dientes que siempre nos ganaba en el juego de las estatuas, Ziufu que sabía leer la mente de los humanos y Tasmi que abría cualquier caja, puerta o contenedor que pudiéramos encontrarnos. Tasmi era el que más corría de todos, incluyéndome a mí.

Lo que pasa cuando corres con gatos, sobretodo si son tres, es que te lías a correr y se te olvida mirar por donde vas. Así me pasó un día. Corrimos y corrimos y, a la que me quise dar cuenta, ya no sabía dónde estaba. Nos habíamos adentrado tanto entre los árboles  que ya no se veían los columpios, ni había senderos. El parque se había convertido en un bosque espeso. 
Paré en seco. Ziufu supo enseguida qué era lo que me pasaba y paró también. Flurb, creyendo que estábamos jugando a estatuas, se quedó también petrificado. Sólo Tasmi siguió corriendo por un rato, pero, al ver que no le seguíamos, volvió junto a nosotros. Como era un gato extraordinario, se aburría con mucha facilidad, así que enseguida empezó a rascar la tapa de un contenedor para hojas secas que había a mi derecha, con el fin de probar su don de abrir tapas y cajones.

Entonces oímos un crujido. Sonaba a ramas y hojas secas, sonaba a pasos de alguien más grande que nosotros cuatro juntos. No tuve tiempo ni de pensar, de un salto ya estaba dentro del contenedor de hojas, a oscuras, pinchándome con las puntas y tragando bichos. Sí, daba asco, mucho asco, pero era mucho mejor sentir un escarabajo bajando por la garganta que enfrentarse a la criatura gigantesca que se estaba acercando. Era supervivencia pura, en situaciones así nadie sabe de lo que es capaz. 

Los crujidos se fueron acercando y la fiera dijo mi nombre. Al principio pensé que sólo eran imaginaciones mías, desde el contenedor con la tapa cerrada los sonidos llegaban muy distorsionados, pero la criatura repitió una y otra vez mi nombre. Mientras una hormiga visitaba el interior de mi nariz, yo cruzaba todos los dedos que podía para que se alejara y me buscara en otra parte. 
No sé lo que les pasó a los gatos en ese momento, pero pese a ser extraordinarios decidieron traicionarme. Quizás se vieron presionados por la fiera, quizás fuera cuestión de supervivencia, pero escuché como uno de ellos se subía a la tapa de contenedor y maullaba. Por la entonación supe que era Ziufu. Venga a maullar y a maullar. Cuanto más se alejaban los crujidos, más fuerte maullaba él. La criatura volvió sobre sus pasos y entonces oí como alguien rascaba la tapa. Creí que mis días habían llegado a su fin, seguramente las garras de la fiera acabarían por destrozar el contenedor.

“Miau” –escuché justo encima de mi cabeza. 
¿Cómo que “miau”? Ese miau… la tapa del contenedor a punto de ser abierta… ¡Tasmi! También había sucumbido al miedo y me estaba delatando, mientras la criatura no paraba de gruñir mi nombre, probablemente relamiéndose de antemano.
Al cabo de dos segundos la tapa cayó y yo… yo me puse a gritar con todas mis fuerzas. Nadie sabe como va a reaccionar en momentos así. Yo grité como si estuvieran metiéndome espinacas en la boca por la fuerza ...o incluso más.

Mis propios gritos me impidieron oír acercarse a la criatura. Vi como una sombra iba tapando la luz. Cerré los ojos, no quería verla… Entonces sentí sus manos en mis costillas, agarrándome, levantándome y sacándome de mi escondite… y seguí gritando todo lo fuerte que podía, pataleando y luchando con valentía: si iba a comerme, al menos no se lo pondría fácil.

La criatura me dejó en el suelo. Y me abrazó. Sí, te digo la verdad, me abrazó ahí mismo, me dio un beso en la cabeza y me volvió a abrazar y acariciar con ternura.Pensé que de haber sabido que iba a besarme, no me habría tragado tantos bichos ni me habría dejado explorar la nariz por esa hormiga curiosa. 
La criatura olía a un perfume conocido, el perfume de mi mamá. Su piel era suave y llevaba un vestido amarillo de manga corta. Era un vestido igual que el de mi mamá. 




1-10 of 21