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Venus carnívora

publicado a la‎(s)‎ 20 mar. 2016 8:35 por Anca Balaj   [ actualizado el 20 mar. 2016 8:36 ]


Había una vez, en una galaxia muy lejana, un planeta idéntico a la Tierra, salvo por un pequeño detalle: en ese planeta todas las plantas eran carnívoras. Las rosas y las petunias habrían arrancado la nariz a cualquiera que se hubiese acercado a oler, el césped mordisqueaba los tobillos de los paseantes en verano y los nogales, en vez de cobijar bajo su sombra, enterraban a cualquier ser animado bajo una montaña de nueces para después devorarlo. En aquel lejano planeta, para comerse una lechuga había que dispararle una flecha primero, de lo contrario se corría el riesgo de invertir los papeles y acabar siendo uno mismo el primer plato de la hortaliza.

En ese lejano planeta vivía una pequeña planta carnívora, pero carnívora de verdad, como las que tenemos aquí. Era una planta flacucha y enclenque, pues en el desierto no había muchos bichos vivientes a los que dar un bocado. La pequeña Venus, que es como se llamaba, pasaba el día con las fauces abiertas esperando la llegada de alguna mosca despistada. Pero si por un milagro se le acercaba alguna, el ruido de sus tripas delataba las intenciones que traía la planta y echaba a perder la ocasión.

Un día, cuando ya no podía más, pasó por delante de ella un vendedor de helados con su carrito tintineante. El vendedor, gran amante de las plantas (como todos los que viven el desierto) se ofreció a alimentarla y ayudarla a recobrar un poco el aliento y el color.

— Solo me queda helado de cactus —dijo, tendiéndole un cucurucho.

Venus cerró la boca con fuerza y rehusó. No, no, no, antes perecería. ¿Una planta comiéndose a otra planta? No. ¡Jamás! Eso sería "plantibalismo", nunca se lo podría perdonar a sí misma.
El vendedor de helados se encogió de hombros y se marchó.

Pasaron los días y Venus siguió con la boca y las tripas vacías. Llegó el día en que perdió toda esperanza de volver a cazar y entonces se preparó para una muerte inminente: cerró la boca y levantó sus hojas hacia el sol, para disfrutar de sus últimos días en el mundo de los vivos. Así permaneció durante días y días, pero, al contrario de lo esperado, en vez de secarse y perecer, empezó a sentir su tallo cada vez más fuerte y sus hojas verdes y vigorosas. Un día sus tripas dejaron de sonar como una lavadora rota: la pequeña Venus había empezado a hacer la fotosíntesis.

Pronto se corrió la voz y todas las plantas de aquel planeta se enteraron de qué era eso de la fotosíntesis y cómo había que hacerla. Las más atrevidas se apuntaron enseguida a la moda y, con su ejemplo, convencieron a otras plantas de que no había nada que temer. Pronto no quedaba ninguna lechuga agresiva y las violetas se dejaban admirar y acariciar por los paseantes. Y así, poco a poco, el planeta entero se pobló de plantas inofensivas. Hoy en día en aquel planeta los bróculis ya no muerden y mucho menos lo hacen los tulipanes.