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Un pulpo caculador

publicado a la‎(s)‎ 31 ene. 2016 6:11 por Anca Balaj   [ actualizado el 31 ene. 2016 6:13 ]


Había una vez un pulpo que desde muy pequeñito se había interesado por los números. Le gustaba contar las patas de todos los bichos, era capaz de calcular cualquier distancia y lograba robarte el bikini en 2,17 segundos, es decir mucho antes de que pudieras darte cuenta siquiera. Para nuestro pulpo absolutamente todo podía representarse con números: las nubes y sus millones de moléculas, el número de miembros de un banco de peces, la longitud de los brotes de las algas, la edad de un coral... Para él todo eran números, todo excepto los bikinis de colores vistosos: quedaba tan encandilado por su belleza que solo conseguía balbucear "amarillo..." o "fucsia...", mientras calculaba los movimientos y el tiempo que necesitaría para apoderarse del tesoro.

El día en que mi sobrina, Luisa, fue a bañarse a la playa, el pulpo batió su propio récord y le robó el bikini en 1,8 segundos de reloj. La niña solo se enteró de la fechoría al ver ondear la prenda por los aires, asida por uno de los tentáculos del molusco. Imagina qué vergüenza, se había quedado completamente desnuda y, en cuanto saliera del agua, las risas que nos íbamos a echar a su costa serían de campeonato. A Luisa no le hacía ninguna gracia el asunto, la verdad sea dicha.
Se le ocurrió entonces una idea: tiraría su lazo del pelo —que era lo único que todavía llevaba puesto— y así distraería al pulpo y le obligaría a soltar su bikini.

En este punto tengo que decirte que a Luisa no le gustaban mucho las matemáticas. Sufrió lo que hubo que sufrir para aprender a sumar y restar, después para multiplicar... pero cuando llegaron a las divisiones mi sobrina decidió que ya estaba bien. El primer día de clase de divisiones la maestra explicó que eran como las multiplicaciones pero al revés y Luisa, aliviada, dejó de prestar atención: cuando llegara el momento de tener que dividir, lo multiplicaría al revés y chimpún. Y, aunque ella no comprendiera nada, la cuestión es que le funcionaba y sacaba buenas notas en los exámenes de divisiones.

Bien, había llegado el momento de dividir. Si el pulpo tenía ocho tentáculos, ¿cuántos trozos de lazo del pelo tenía que lanzar para obligarle a soltar el bikini?

— Tengo 1 lazo y 8 tentáculos, entonces 1x 8=... No, no, espera, que es como multiplicar pero al revés. Tengo 1 lazo y 8 tentáculos, entonces si del derecho 1x8=8 del revés debía de ser... 8:8=1

A Luisa le pareció muy raro el resultado, pero según los cálculos matemáticos, que no engañan, la niña asumió que bastaba lanzarle un solo lazo y las misteriosas matemáticas harían el resto.
Dicho y hecho. Luisa ondeó su lazo para llamar la atención del pulpo y... ¡zas! lo lanzó lo más lejos que pudo.

Si sabes resolver problemas matemáticos, ya te puedes imaginar lo que pasó a continuación.  El molusco calculó el momento preciso en que la cinta estaría a su alcance, según el peso del lazo, la fuerza de la niña y la fricción del viento. En el instante exacto, levantó uno de sus tentáculos libres, atrapó su lazo y se marchó del lugar propulsado a 30 kilómetros por hora, dejando a mi sobrina completamente desnuda.
Una hora más tarde Luisa salió del agua tal como su madre la trajo al mundo, o tal vez un poco más arrugada, para gran diversión de todos los que estábamos ahí.

No sé qué habrá sido del pulpo calculador ni cuántos bikinis tendrá ya en su colección. Lo que sí puedo asegurarte es que desde ese día mi sobrina dejó de pensar en las musarañas en clase de matemáticas y ahora sabe resolver cualquier división que le pongas, sobre todo si el enunciado habla de pulpos.