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Ratones mensajeros

publicado a la‎(s)‎ 25 abr. 2013 2:58 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:22 ]



Encerrada en su torre, la princesa quería que alguien se acordara de ella alguna vez. Los cientos de ratones que criaba entre los almohadones de la cama le hacían mucha compañía, pero llegó un momento en que añoraba tener señales de vida de otro ser humano. Sólo que nadie subía hasta sus aposentos, jamás. Averiguó que en la torre que se divisaba allá lejos vivía otro vástago real encerrado (quién sabe si príncipe o princesa) y quiso hacerle saber que ella también estaba en la misma situación. Decidió enviar hasta ahí a uno de sus ratones blancos: sin duda quien quiera que estuviera en la otra torre entendería el mensaje. 

Dicho y hecho, el más hermoso de sus ratoncitos emprendió el camino a través de la colinas. Al día siguiente escuchó arañazos cerca de la puerta: otro ratón con lazo rojo estaba llegando a sus aposentos, como respuesta a su mensaje.
Desde ese día, la princesa envió cada día un ratón con lazo rojo y siempre recibía otro a cambio. Su corazón de princesa se llenaba de alegría al comprobar que ya tenía un amigo, un humano que se acordaba de ella a diario.
Pero un buen día no llegó ningún ratón con lazo. Y tampoco sin lazo. La princesa pensó que algo había pasado, pero como era dada a bienpensar, se le ocurrió que tal vez su ratón se había extraviado (porque era un ratón un poco novato en esto de la mensajería), así que envió otro más para asegurarse. Al rato, llegó el mensajero de la otra torre. Todo estaba bien de nuevo, quien fuera que estuviera al otro lado seguía acordándose de ella.
Sin embargo la princesa ya no se fiaba de los ratones novatos, así que adoptó la costumbre de enviarlos de dos en dos. Pero por cada dos ratones que enviaba, llegaba de vuelta sólo uno. 
Así, enviándolos de dos en dos, fue como en la torre de la princesa quedaron cada vez menos ratones: primero se redujeron a la mitad, después la mitad de la mitad... Y así hasta que llegó el día en que tuvo que enviar a los últimos dos ratones. De vuelta le llegó sólo uno, al que también mandó de mensajero. Pero éste ya no regresó y la princesa se quedó sola en su encierro, sin ratones y sin noticias de quien fuera que habitara la otra torre.