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Mia

publicado a la‎(s)‎ 1 feb. 2018 2:36 por Anca Balaj   [ actualizado el 1 feb. 2018 5:10 ]
Desde que podía recordar, Mia siempre había vivido en lo alto de un tornado. Cada cierto tiempo, su casa crujía, las tazas de té tintineaban en la vitrina y, en el siguiente instante, el tornado se la llevaba en volandas hacia tierras desconocidas.
La niña tardó años en descubrir que el resto de niños vivían ahí abajo, en casas de fuertes cimientos, bien arraigados al suelo. Entendió entonces que los demás niños vivían y crecían en un mismo lugar; algunos incluso se hacían viejos sin haber cambiado jamás de paisaje, para gran sorpresa de Mia.

El primer día de clase en la nueva escuela de donde quiera que su tornado la hubiera llevado, era el día más emocionante de todos: sus nuevos compañeros estaban tan emocionados de conocer a una niña que venía de otro lugar, había tantas cosas que contar... Y todo resultaba perfecto hasta que descubrían que la pequeña Mia vivía en una casa en lo alto del tornado. ¿Cómo era posible tal cosa? —se preguntaban desconfiados. ¿Se tratará de una niña mentirosa? ¿O acaso tenía poderes?
Por este motivo, la pequeña dejó de contar dónde vivía, o cuántos países había visitado. Se sentaba en su pupitre y procuraba parecer lo más normal posible, durante el mayor tiempo posible.

Pero siempre acababa estropeándolo todo: un día se le escapaba una palabra en francés, otro día almorzaba un trozo de Pavlova que había aprendido a cocinar en Nueva Zeelanda, otro escribía la fecha con letras chinas... Y así hasta que sus amigos acababan sospechando de que algo raro sucedía con ella.
Lo peor ocurría cuando, escondidos tras un arbusto, los compañeros la veían ascender por la manga del tornado, como si de un ascensor giratorio se tratara. Quienes hasta ese momento habían sido sus amigos, de repente corrían despavoridos, para no volver a acercarse nunca a ella. En clase, aunque trataban de sonreírle, por si las moscas, nadie quería sentarse a su lado, también por si las moscas.
Desde ese momento y justo hasta que el tornado se la llevaba bien lejos de ahí, Mia pasaba los días en soledad, subiendo y bajando en su ascensor giratorio hasta quedar bien mareada. No hay mucho más que hacer en lo alto de un tornado, si no se tienen amigos.

En estas estaba Mia cuando observó que las nubes de su jardín habían crecido demasiado. Tomó las tijeras y se puso a recortarlas, distraída, como tantas y tantas veces. La casualidad... o puede que fuera traición del subconsciente, pero una de las nubes quedó igualita a Sol, la niña que se había sentado a su lado en clase hasta hacía dos días y que de pronto evitaba hasta cruzar la mirada con ella. Agarró la nube en cuestión y la tiró al suelo con todas sus fuerzas. Pero, como sabrás, las nubes no caen al suelo; la escultura de vapores se alejó flotando suavecito, llevada por una brisa delicada que la dejó justo en el alféizar de la habitación de Sol.
Tengo que decirte que ahí hubo un gran y afortunado malentendido. Lejos de pensar que Mia había tirado su retrato al suelo, Sol creyó que era un regalo. Ya te puedes imaginar lo que ocurrió a continuación: se lo contó a los demás y todos acordaron que Mia era una niña rara, pero que no debía de ser tan mala como ellos habían imaginado. Acto seguido fueron todos a visitarla a la casa en lo alto del tornado.
Por desgracia, en el momento en el que los niños se acercaron, las tazas de té empezaron a tintinear en la vitrina. Se levantó una fina polvareda y la casa comenzó a alejarse del lugar, para no volver jamás.

Pues vaya... —me dirás. ¿Y así acaba el cuento? ¿No volverán a verse ni a jugar juntos nunca más? ¿Para qué sirvió todo esto?
Te diré para qué sirvió: desde aquel día, Mia moldea un retrato de nube para cada nuevo compañero de escuela. Los empaqueta en tarros de cristal atados con cintas de colores y los regala a los retratados en los primeros días de clase. Y así los niños del lugar no se asustan tanto, semanas después, al verla flotar en su ascensor giratorio. Algunos incluso se atreven a subir por la manga del tornado y tomar el té en la casa viajera.