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La tuba

publicado a la‎(s)‎ 6 may. 2013 3:43 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:22 ]


El primer regalo que recibió Marcos, nada más nacer, fue una gran tuba enroscada que hasta ese momento había pertenecido a su padre. Estaba como nueva, pues éste apenas la había tocado aunque siempre había soñado con ser un gran concertista de tuba.

Apenas empezó Marcos a caminar, su padre llevó la tuba su habitación para que pudiera practicar día y noche. 

 —Serás un gran concertista —le decía a diario.

Pero al niño no se le daba nada bien tocar aquella tuba gigantesca. Le quedaba demasiado grande y por más que soplara, las notas se perdían por las curvas laberínticas y, para cuando al fin asomaban por el otro lado, lo hacían con tan poca fuerza que acto seguido se caían al suelo.
No importaba cuántas horas practicara Marcos con la tuba, las notas seguían saliendo desfallecidas por la boca de la tuba y ninguna conseguía emprender el vuelo, para gran desesperación del niño.

Con el tiempo, el cuarto de Marcos se llenó de notas secas. Las había a montones (puesto que Marcos practicaba a diario): sobre la alfombra, sobre el escritorio y hasta sobre la cama. Dentro del armario también se colaba alguna nota seca, movida por la corriente de aire, que luego aparecía por entre los calzoncillos del cajón y las camisetas.

Un día, mientras se preparaba para ensayar, se pinchó el talón con el corchete de una nota fresca. ¡Lo que le faltaba! Ya no bastaba con dormir entre notas secas, con tener que sacarlas de los bolsillos y de entre las hojas de los cuadernos, ahora además estas dichosas notas le atacaban. Como tenía un día malhumorado, Marcos cogió un puñado de notas y las tiró por la ventana. Y luego otro puñado más y otro y otro. Pero tal como salían por la ventana, las notas empezaban a aletear y emprendían el vuelo hacia lugares tan lejanos que ni se podían divisar desde la ventana de Marcos. 
De pronto, las notas que quedaban esparcidas por la alfombra aletearon también y salieron por la ventana siguiendo a sus hermanas. Marcos abrió el armario y los cajones del escritorio para que las notas ahí escondidas también pudieran marcharse.
Cuando no quedaba ni una sola nota en el cuarto, la tuba empezó a removerse. Se balanceó hacia una lado y hacia otro, se enderezo, crujió y gimió... y al momento salió también por la ventana, aleteando. 


En apenas unos minutos el cuarto de Marcos se había quedado limpio y despejado. También quedó despejada su mente, al igual que su tiempo, libre de ensayos con la tuba. Y Marcos pudo al fin pensar en qué era lo que le gustaría hacer.