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Las normas en casa de Erica

publicado a la‎(s)‎ 11 ene. 2015 9:55 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:21 ]


En casa de Erica las cosas se hacían siempre bien. Quiero decir que cada cosa tenía una manera de hacerse y había que cumplirla exactamente como estaba previsto. Algunas de estas maneras de hacer resultaban bastante curiosas, como por ejemplo el tener que afilar tres lápices antes de beber agua o masticar la comida con la boca cerrada, pero todo el mundo cumplía con las reglas por extrañas que fueran éstas y sin rechistar. A veces Erica o su hermano preguntaban algo al respecto, se pasaban las horas sin dejar de decir "¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?" ante cada regla que tenían que cumplir, pero como únicas respuestas escuchaban "porque sí" o "porque no". Y cada vez que escuchaba un "porque sí" o un "porque no", Erica sabía que se trataba de una de esas reglas que no se podían saltar.

Un día, mientras Erica se quitaba los calcetines para poder hacer un dibujo, se dio cuenta de que nadie la estaba observando, así que decidió probar a ver qué pasaría si pintaba con los pies calentitos. No sólo se dejó los calcetines puestos, sino que además se puso unas zapatillas forradas de felpa. Estaba decidida a observar atentamente todo lo que pasaba a su alrededor, para descubrir el misterio de las reglas que nadie se podía saltar y así, con un un ojo en el dibujo y otro observándolo todo, abrió su cuaderno y empezó a dibujar.
Cuando llegó el momento de colorear, ya no resultó tan fácil la cosa, porque tenía que estar vigilando con un ojo el no salirse de la raya y con el otro escoger el siguiente color que iba a usar. Como tampoco es que pasara gran cosa, pronto se olvidó de vigilar y, sin darse cuenta, pintó tres dibujos espléndidos, uno por cada gato que tenía su abuela. 

De pronto escuchó unos pasos que se acercaban a su habitación. Rápidamente se quitó las zapatillas y los calcetines, pero ya no le dio tiempo de doblarlos con tres pliegues como era la norma. Su madre, que lo sabía todo como todas las madres, comprendió enseguida lo que había sucedido. Puso los brazos en jarras y frunció el ceño. 

— Has estado pintando con los calcetines puestos ¿a que sí?

La barbilla de Erica empezó a temblar y pronto un chorro de lágrimas cayó sobre los hermosos dibujos. Tenía frío en los pies y su obra se había echado a perder, pero lo peor era esa dichosa barbilla miedica que se echaba a temblar a la primera ocasión y le arruinaba todas las aventuras y desafíos valientes.

El caso es que cuando alguien lloraba en casa de Erica, había que dar tres saltos a la pata coja y comerse un plátano. Todos los miembros de la familia tenían que hacerlo, sin excepción y, acabado el plátano, se acababa también el llanto. Pero justo aquel día al hermano de Erica se le había caído un diente y había llorado tanto que no quedaba ni un plátano en la casa. Así que Erica lloró y lloró, mientras el resto de la familia daba saltos a la pata coja, sin poder detenerse y comer ese plátano.
Llegada la tarde, tuvieron que parar: ni a Erica le quedaban lágrimas, ni le quedaba aliento al resto de la familia. Se dejaron caer sobre los sofás y sillones, todos a una. Por primera vez desde los tiempos de los tataratatarabuelos, en casa de Erica nadie cumplía las reglas, a sabiendas. Y entonces... no pasó nada.
Desde ese día, aunque muy a regañadientes, Erica tuvo permiso para dibujar con los calcetines puestos. Pronto dejaron de comer tantos plátanos y, poco a poco, todas esas reglas que reinaban en casa de Erica fueron cayendo en el olvido.