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La musa

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2016 5:23 por Anca Balaj   [ actualizado el 24 feb. 2016 3:10 ]


Había una vez un pigmeo escultor llamado Bukuku. Su extraordinario talento y la delicadeza de sus obras eran conocidos en gran parte del continente, pero nadie había conseguido desvelar el secreto de su inspiración.

Desde muy pequeño, Bukuku se había quedado prendado de las maravillosas formas que adoptaban las nubes, de la suavidad de sus líneas y de qué manera tan delicada representaban figuras de la tierra. Mientras hacía sus primeras figuras de arcilla, Bukuku ya se inspiraba en las nubes y por las noches lamentaba tener que dormir bajo un techo que no le permitiera seguir observando su a sus musas celestes. A los cuatro años y medio decidió que de mayor viviría en una casa de cristal para jamás perder de vista las bellas obras de arte que paseaban por el cielo. Todo el mundo se reía de él por estas ideas. Sus padres le hicieron ver que ahí, en medio de la selva, nadie sabía construir casas de cristal. Pero como Bukuku era un pigmeo, finalmente no creció demasiado alto, así que se las arregló con un simple acuario, al que convirtió en su casa y su estudio de escultura. A veces los sueños se cumplen de manera diferente a cómo los soñamos y, en el caso de Bukuku, con su casa-acuario ya se sentía plenamente satisfecho.

Un día, mientras trabajaba en una deliciosa escultura, ocurrió algo terrible: un avión comercial atravesó la nube que le servía de inspiración, destrozándola casi por completo. El avión se alejó rápidamente sin pedir disculpas siquiera y ahí se quedaron la nube y el escultor, llorando cada uno a su manera, el uno con lágrimas y la otra con lluvia.
Bukuku resolvió arreglar la nube, costara lo que que costase. Recordaba con todos los detalles cómo era ésta antes del accidente; pensó que, para un escultor, recuperar su forma original sería coser y cantar... si lograba alcanzarla con sus manos.
El pigmeo siguió el camino de la maltrecha nube, un día y otro día. Por las noches repasaba en su memoria las formas que recordaba de ella, para al día siguiente emprender de nuevo el camino.

Y así viajaron el artista y su musa durante varias semanas, África arriba, África abajo, a merced del soplo de los vientos. Pero ninguno de los dos perdía la esperanza y llegó el día en que por fin llegaron a la montaña de Kibo. La nube, que fue la primera en llegar, se enredó al saliente de un pico y esperó ahí hasta que el artista encumbrara el volcán.
Bukuku empleó las técnicas más refinadas para aquella obra viajera. Modeló con sus propias manos cada pequeña curvatura que recordaba haber visto antes del accidente, no escatimó ni tiempo ni paciencia en reconstruir a su musa. Pero a medida que pasaban los días, un pensamiento se apoderaba de su mente: aquella escultura viajaría por todos los continentes, sería su obra más conocida y el mundo entero le juzgaría si cometía algún fallo. Poco a poco empezó a sentirse incómodo con algunas de las imperfecciones que la naturaleza había dejado en las curvas de la nube. Empezó a corregir primero pequeños detalles sin importancia, después alguna forma más relevante y finalmente se dispuso a rehacer por completo la obra, según su visión de artista.
Cuando la nube se dio cuenta de lo que el pigmeo estaba haciendo, se ofendió, luego echó a llover dolida y, por último, se lo sacudió de encima. Bukuku cayó de bruces sobre otra nube más pequeña que se había parado a mirar cómo trabajaba el artista. Desde esa pequeña nube, el escultor pudo observar cómo su musa se alejaba de él lo más rápido que podía, dejando un rastro de lluvia detrás de sí. El pigmeo intentó alcanzarla, pero su musa ya no le escuchaba. Deseosa de escapar, la bella nube sobrevoló las montañas del Kilimajaro en apenas unas horas.

Muchas nubes han pasado desde entonces sobre la casa-acuario de Bukuku. Algunas de ellas también fueron reparadas por las manos del artista tras un accidente. Pero Bukuku nunca más tuvo la tentación de cambiar y remodelar las formas originales de sus amadas musas, perfectas en su imperfección.