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La equilibrista

publicado a la‎(s)‎ 15 abr. 2013 0:21 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:22 ]

Hay muchas cosas que se pueden hacer con el tiempo: puedes medirlo, perderlo, ganarlo, concederlo, pedirlo, tomártelo y hasta matarlo.

El reloj del campanario tenía una costumbre muy molesta: le gustaba estirar el tiempo. En el momento menos apropiado, de pronto la aguja del minutero se detenía y, acto seguido, se estiraba hacia adelante como una espada que agujereaba el aire. Desde ese momento (y hasta que le venía en gana volver a su sitio) los acontecimientos dejaban de transcurrir. Ya podía uno tener prisa en cualquier asunto, nada iba a suceder hasta que el la aguja volviera a su tamaño y actividad normal. 
Era desesperante. Cada vez que esto sucedía el pueblo entero se quedaba sin aliento, listos para dar el próximo paso en cuanto la aguja del minutero marcara el siguiente tic o tac, aunque nadie sabía cuánto había que esperar para ello. Esperaban y esperaban, con la mirada fija en el reloj, pero por más que miraran, siempre marcaba la misma hora y el mismo minuto.

Un día en el que la aguja del minutero se entretuvo más de lo habitual, una niña trepó hasta ahí arriba. Se subió sobre la aguja y caminó hasta la punta para ver qué pasaba. Pero no observó nada digno de mención, salvo el hecho de que le costaba bastante mantener el equilibrio. En la siguiente ocasión en la que el reloj estiró el tiempo, volvió a trepar y caminar hasta la punta de la aguja, ida y vuelta por tres veces. Y a la siguiente por diez veces. En cuanto el tiempo se paraba (llegó un momento en que la niña lo deseaba) subía al minutero y hacía sus prácticas de equilibrismo, cada vez más complicadas. Aprendió a ir de puntillas sobre la aguja, a hacer el puente ahí suspendida, a dar una vuelta en el aire y caer de pie... 
Y así, practicando en estos ratos muertos, se convirtió en una gran acróbata que entretenía a la gente mientras esperaban el regreso de los tics y de los tacs.