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La competición

publicado a la‎(s)‎ 3 jun. 2013 3:26 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:22 ]


Una pulga puede saltar hasta una distancia doscientas veces mayor que su tamaño, pero trepar, lo que se dice trepar, no es algo que resulte fácil para su anatomía.
Las pulgas del gato Rodín organizaron una competición de escalada, pues en verano es lo que toca, divertirse y hacer competiciones deportivas. El reto consistía en encumbrar al animal más alto que habían visto hasta la fecha, que, casualmente, era el hombre que alimentaba a Rodin: un hombre robusto, de piernas muy separadas y con la espalda tan larga y recta, que daba vértigo sólo de mirarla. Los saltos estarían prohibidos en la competición y sólo dispondrían de un pelo de crin para ayudarse tanto en la subida, como el la bajada en rapel.
Parnika y Seino, pulgas vecinas de la misma oreja, se apuntaron enseguida a la competición. Ninguna había hecho escalada antes, pero el premio era lo suficientemente importante como para intentarlo: la ganadora pasaría un fin de semana en el cuello de Rodín, calentita y libre de rascadas furiosas del minino. Como en un balneario, vamos.


Llegado el día, Parnika y Seino armadas de sus pelos de crin y una petaca llena de bebida roja, emprendieron la escalada cada una por una de las piernas del hombre robusto. Desde la cabeza de Rodín, familiares y amigos enviaban palabras de ánimo, a veces escondidos entre el pelaje, a veces dando un salto de esos que sólo una pulga puede dar, para hacerse notar. 
Como las piernas estaban tan separadas, Parnika y Seino no podían verse en esta etapa de la competición, así que se mantenían atentas a las palabras de los comentaristas para saber si iban bien o había que aligerar el paso.
Pero algo pasó de repente, algún ratón o pájaro, puede que incluso una mosca... el caso es que Rodín salió disparado hacia los matorrales, llevándose con él a todo el público e incluso al jurado que iba a otorgar el premio al ganador. 
Las competidoras quedaron solas en las piernas del robusto (andaban todavía por las pantorrillas) y a Seino se le ocurrió que, bueno, nadie se enteraría si daba un saltito de nada. Y lo dio. Al cabo de un rato pensó que seguramente Parnika habrá aprovechado también la ocasión para saltar, que seguramente le llevaría gran ventaja la muy tramposa, con un salto tras otro. Así que empezó a saltar también y en cinco botes llegó a la cima de los hombros. 
Justo en ese momento el minino regresó trayendo al impaciente público sobre su cabeza. El jurado vio a Parnika por la altura de la rodilla, mientras que Seino ya había encumbrado al hombre y lo declararon vencedor indiscutible en la competición.


Días después, Seino descansaba en el cuello de Rodín. Desde ahí podía ver a Parnika, con su pelo de crin, trepando sin descanso por las piernas del hombre, ganando cada vez mayor destreza y velocidad. Y así, con estas vistas, el balneario ya no le sabía tan bien.