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El topo tuerto

publicado a la‎(s)‎ 27 mar. 2016 5:58 por Anca Balaj   [ actualizado el 27 mar. 2016 6:29 ]


Aunque los topos tienen ojos, has de saber que su visión es tan pobre que apenas pueden distinguir el día de la noche. Pero como viven bajo tierra, a oscuras y sin ningún paisaje interesante que disfrutar ahí abajo, ni falta que les hace. Por eso son ciegos, porque no usan sus ojos desde hace muchos muchos siglos.

Un día, bajo un campo de amapolas, nació un topo tuerto, es decir, un topo que veía con uno de sus ojos. El pequeño Pin, que es como se llamaba, desde recién nacido empezó a tener comportamientos curiosos: se despertaba cada día a la misma hora, con los primeros rayos de sol y se acostaba nada más terminar de atardecer.

—¡Buenos días! —exclamaba cada mañana con entusiasmo.

Sus padres meneaban la cabeza con desaprobación. Cosas de niños, pensaban, ya se le pasará. Pero al niño no se le pasaba. Con el tiempo sus conversaciones sobre aquello que se podía ver eran cada vez más frecuentes y extensas: que si el túnel es muy oscuro, que si con tanta tierra apenas se puede distinguir una raíz de una lombriz, que si lo guapa que eres, mamá.

Un día, mientras sus padres hacían la siesta, Pin asomó su naricilla fuera del túnel. A esa hora las amapolas tomaban el sol con los pétalos abiertos de par en par y el césped brillaba como si estuviera hecho de oro verde. El cielo parecía haber hecho limpieza para recibir la visita del topo, sin una sola nube que pudiera distorsionar la pureza de su azul.
Pin se quedó sin aliento ante tanta belleza y color. ¿Cómo era posible que los demás topos quisieran vivir bajo tierra, con toda la hermosura que había por doquier?
Esa noche, mientras su madre le arropaba, Pin se atrevió a contar todo lo que había visto ahí fuera.

— ¡Chist! —su madre se apresuró a taparle la boca con la pata —. No quiero oírte decir más tonterías, Pin. Estuvo bien mientras eras pequeño, pero ya es hora de que empieces a comportarte como un topo mayor. No hay días ni hay noches, no hay flores de colores, mientras que el sol simplemente no existe. Deja de inventarte todas historias absurdas o te van a tomar por loco.
— Pero, mamá, yo lo he visto...
— Chist... Yo también he estado fuera y sé que está igual de oscuro que aquí abajo, Pin.
— Pero... 
—¡Chist! – concluyó la madre.

A partir de ese día, el topo tuerto procuró salir cada tarde a observar la superficie con su ojo bueno. Cuanto más salía, más veía y hasta su ojo malo empezó a distinguir algunas formas y colores. Alguna vez contaba a sus padres y vecinos todo lo que había visto, pero nadie le creía. Pronto empezaron a burlarse de él y algunos evitaban pasar cerca de Pin, por si acaso.

Un día ocurrió algo terrible. Del cielo azul cayó tanta agua (¡color transparente!), que los túneles de los topos se inundaron y apenas quedaba hueco para mantener la cabecita fuera del agua para respirar. No era la primera vez que pasaba, los topos más viejos del lugar recordaban haber vivido algo así y decían que había que flotar hasta que el agua se escurriese por debajo de los túneles. También decían que vendrían tiempos de hambruna, porque con la inundación habrán perecido todos los insectos que les servían de alimento.
Y así fue: durante los días después de la inundación, no había modo de encontrar nada que llevarse a la boca. Muchos topos estuvieron a punto de morir y otros cayeron enfermos.

— Podemos salir fuera. Hay muchos insectos voladores ahí, yo los he visto.

— ¿Voladores? ¿Qué es eso de volar por el aire? ¿Y qué significa exactamente "ver"? —protestaron los más sabios.

Los topos de la comunidad se disgustaron de sobremanera con las propuestas de Pin. Este tipo de alucinaciones no deberían permitirse: podrían oírlas los niños y acabar creyendo que son ciertas. Alguno podría escaparse y echar a correr por los campos hasta perderse y no volver a encontrar el agujero del que ha salido.
Pin insistía en relatar todo aquello que había visto en sus caminatas diarias, pero el enfado de los vecinos era cada vez mayor. Si hubiesen tenido un psiquiatra entre ellos, ese día sin duda le habrían puesto una camisa de fuerza al topo tuerto. 

A partir de ese día, todos los vecinos dejaron de hablar con Pin; algunos tiraban piedras al verle pasar y otros le insultaban. En el fondo de sus corazones, todos deseaban que el topo loco desapareciera de sus túneles para siempre, porque no hacía más que incordiar con sus historias de liebres blancas y soles amarillos. Le abucheaban , le criticaban y, cada vez que ocurría algo malo, le echaban la culpa a él.
Y así fue como llegó el día en que Pin decidió marcharse de los oscuros túneles, para no volver jamás.

Así que ya ves, la verdad es que en el país de los ciegos al tuerto no le hacen rey. Pero ¿quién querría ser rey bajo tierra, pudiendo brincar y retozar en un campo de amapolas?