arte‎ > ‎minicuentos infantiles‎ > ‎

El paraíso

publicado a la‎(s)‎ 6 mar. 2016 8:43 por Anca Balaj   [ actualizado el 13 mar. 2016 4:37 ]


Había una vez un oso polar tan pequeño, que si uno no se acercaba a examinarle con detenimiento, bien podría haber pensado que se trataba un tardígrado. Tan pequeño era, que cualquier leve brisa se lo llevaba en volandas, para dejarle de nuevo sobre el suelo en tierras desconocidas, en el polo norte, en el polo sur o incluso en los trópicos y el ecuador. Cada vez que el viento se levantaba, el animalillo suspiraba resignándose a volar hacia un destino incierto. Hay que decir que las primeras veces su diminuto corazón se encogía de miedo (y con razón), pero a medida que fue recorriendo el mundo aprendió a aceptar la situación, sabiendo que donde quiera que el viento le llevara, encontraría el modo de arreglárselas. Se consolaba pensando en que, de llegar a tierras hostiles, pronto un nuevo viento le levantaría del suelo para alejarlo de ahí hacia otro destino mejor.
Y lo cierto es que el viento siempre cumplió su parte. En una ocasión le abandonó en una isla llena de huesitos de oso diminutos, pero apenas un par de días después le volvió a levantar en volandas para posarle suavemente sobre las hojas de un cocotero en otro país muy lejano. Y así ocurría en cada ocasión, ningún destino al que pudiera llegar, fuera éste hermoso o atroz, duraba para siempre.

Un día el viento le dejó caer sobre un cubito de hielo que flotaba en un vaso lleno de agua. La instruida señora que sostenía el vaso en el momento de su aterrizaje, supo enseguida que se trataba de un oso polar y no de un tardígrado. De inmediato pagó su consumición junto al importe del vaso de vidrio y le llevó a su casa antes de que el hielo llegara a derretirse.
Desde ese día, el pequeñísimo oso vivió en un acuario con agua fría, en el que la buena señora iba volcando la cubitera cada pocas horas. Nada podía echar en falta ahí, a salvo de cualquier animal gigantesco y de los vientos. Pasaba su tiempo buceando, secándose a la luz de la lámpara, acostado sobre un cubito de hielo, o enredándose entre las plantas acuáticas que se habían acondicionado para él. De entre todos los paraísos imaginables, el oso había llegado al que más se parecía a sus sueños.

Pero, ay... los paraísos no están hechos para disfrutar en vida. Una vez recuperadas las fuerzas perdidas en sus viajes y aventuras, una vez exploradas hasta los últimos recovecos del coral, el oso sintió añoranza del gran mundo que solía recorrer en volandas. Recordó tantos lugares que había visto desde las alturas y que habría deseado explorar, con las garras cruzadas para que la próxima vez fueran su destino... Ay...
Un día asomó su naricilla fuera del acuario. La ventana de la estancia estaba abierta y la brisa de verano le invitaba a subir a bordo como si de la azafata de un avión se tratara; le tendió una mano suave y el oso embarcó hacia un nuevo y desconocido destino. "Seguro que no será peor que la isla de los huesitos diminutos"— se dijo.