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El Grito

publicado a la‎(s)‎ 23 feb. 2014 10:37 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:21 ]



Un día al señor Patterly, profesor de inglés, se le escapó un monstruo de la boca: un grito enorme, con unos ojos enormes y unos dientes enormes. En cuanto el Grito escapó de la boca del señor Patterly, se abalanzó sobre el pequeño Miguel, echándole el aliento apestoso en la coronilla y tapándole la boca con sus garras para que no pudiera ni rechistar.
El profesor quiso traer su grito de vuelta, pero ya se sabe que los monstruos, una vez liberados de su prisión, no hay manera humana de que vuelvan a entrar en la boca de la que han escapado.
Durante el resto de la clase, el Grito estuvo sobre la cabeza de Miguel y, cuando se marchó a casa, le siguió por los pasillos sin perderle de vista ni un momento. 
Así, el Grito empezó a acompañar a Miguel a donde quiera que fuese, sin soltarle ni de día ni de noche. Cuando estaba en casa se hacía más chiquitito escondido bajo el cuello de la camisa (entonces Miguel podía sentir cómo le apretaba la garganta cada vez que pensaba en contárselo a sus padres), pero en cuanto llegaba a la clase del señor Patterly, el monstruo salía de su escondite y se colocaba justo en frente de Miguel, nariz con nariz, dejándole completamente petrificado. Y todos los demás niños podían ver al Grito campando a sus anchas por la clase, sin que ninguno pudiera hacer nada para devolverlo a la boca del profesor y olvidarse de él para siempre.

Miguel no tardó en comprender que jamás se libraría de él, que una vez escapado de la boca del señor Patterly, el Grito estaría rondándole siempre, listo para apretarle la garganta y dejarle sin voz en los peores momentos. Y cada vez que esto ocurría, es decir, cada vez que Miguel se quedaba sin voz, el Grito se hacía más grande y su sombra era más fría.

Llegaron las vacaciones de verano y Miguel se fue de viaje, con el Grito escondido bajo el cuello de la camisa. En el pueblo había muchos niños y Miguel no tardó en hacerse amigo de ellos. Jugaban a la pelota, recogían setas y construían casitas de paja entre la maleza. Ninguno de los niños del pueblo sabían de la existencia del monstruo, así que éste se mantenía chiquitito y oculto bajo el cuello de la camisa. Con tanto ajetreo, Miguel empezó a olvidarse de sacarle por las noches de entre los pliegues de ropa y llegó el día en que ya ni se acordaba de éste existiera.

Un día, justo antes de acostarse, sintió un picor en el cuello. Metió la mano creyendo que se trataba de un bicho del campo, pero… ahí estaba el Grito. Había encogido tanto, que más bien parecía una lagartija. “Te has olvidado de mí” –parecía reprocharle.
–Es que tú no eres nada mío –contestó Miguel como si el Grito le hubiera hablado de verdad. 
Acto seguido el Grito encogió otro poquito. 
–¡No eres nada mío! –repitió Miguel. Y el Grito volvió a encoger. 

A partir de este día, Miguel habló con el Grito todas las noches:
–Mira, tú eres el Grito del señor Patterly, no el mío, tienes que volver con él. No eres mío –le decía; y el monstruo seguía encogiendo.

Acabadas las vacaciones, Miguel acudió a clase con el Grito (ahora del tamaño de una gominola) escondido bajo el cuello de la camisa. Cuando el señor Patterly entró, el chico sintió que algo se movía en su nuca… 
Todos los niños de la case pudieron ver cómo el Monstruo se deslizó sobre las mangas de Miguel, después por la pernera… Lo más deprisa que pudo, se deslizó por entre las mesas para esconderse en el bolsillo del señor Patterly, junto a los otros gritos que se le habían escapado al profesor y que otros niños habían convertido en gominolas.