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El fantasma miedoso

publicado a la‎(s)‎ 7 feb. 2016 3:29 por Anca Balaj   [ actualizado el 7 feb. 2016 3:30 ]


Cuando era pequeña tenía mucho miedo a los fantasmas, pensaba que eran seres terribles y maléficos. Pero a medida que fui conociendo fantasmas —y te aseguro que he conocido muchos— comprendí que cada uno tenía su propia personalidad, muy distinta a la de los demás. Ahora ya no tengo prejuicios y, cuando me encuentro uno, antes de echar a correr compruebo primero si de verdad es peligroso.

El fantasma de esta historia era un fantasma miedoso. Le asustaban las alturas, temía a la oscuridad y hasta sentía pánico cuando veía algún otro fantasma como él. Por este motivo todas las noches, mientras debía vagar por el mundo como era su obligación, lo que nuestro fantasma hacía era buscar un lugar donde esconderse hasta el amanecer.
Una noche, mientras se dirigía a su escondrijo favorito, escuchó un crujido sobre el camino y se asustó tanto que se metió por la primera rendija que vio. Casualmente se trataba de la rendija de una colmena salvaje. Hay que aclarar que "salvaje" significa solo que las abejas no habían sido domesticadas y vivían en libertad, aunque el miedoso fantasma no sabía esto y pensaba que todos los seres salvajes eran depredadores sanguinarios. Pero si lo piensas bien, sería bastante absurdo pensar semejante cosa de... un caracol salvaje, por ejemplo.
Por suerte las abejas estaban durmiendo en aquel momento y ni se enteraron de la presencia del extraño ni de sus prejuicios respecto a los habitantes de la colmena. El fantasma se coló en una de las celdas del panal que parecía deshabitada. Decidió esperar ahí hasta el amanecer y marcharse antes de que las abejas pudieran darse cuenta de su visita y le devoraran sin piedad. Se acomodó como pudo y se dispuso a pensar en las musarañas...
Sin embargo había algo que le incomodaba. El fantasma se removió un poco. Y luego otro poco y luego un poco más. Pero por más que cambiara de postura, seguía sintiendo como si le clavaran alguna cosa en el trasero, una cosa bastante pequeña, pero dura y punzante, como cuando se te mete una piedrecita en el zapato.

Harto de las molestias, el fantasma metió la mano hasta el lugar en el que se encontraba la cosa punzante, palpó y rebuscó, la agarró y la arrancó de la pared de cera para observarla de cerca.
Lo siguiente que hizo el fantasma fue gritar como si hubiera visto un fantasma. Y no andaba muy desencaminado, porque lo que tenía en la mano, lo que había encontrado en la pared de cera de la colmena era ni más ni menos que una calavera humana, del tamaño de un grano de arroz.

Ahora imagina que estás durmiendo como un angelito y de pronto alguien grita en tu habitación. Imagina que abres los ojos y te encuentras ahí un fantasma aullando... ¿Qué harías? Pues eso es exactamente lo que hicieron las abejas: gritar con todas sus fuerzas y salir de la colmena lo más rápido que pudieron, para no volver nunca más.
El fantasma miedoso, por su parte, entró en pánico al ver a las salvajes gritando y aleteando a su alrededor. También abandonó la colmena lo más rápido que pudo y se alejó del lugar para no volver nunca más.
Y así fue como aquella vieja colmena quedó deshabitada para siempre.

Te preguntarás por la calavera diminuta. Verás, las cosas no son lo que parecen, sobre todo cuando las piensas deprisa, a oscuras y muerto de miedo. Aquella calavera era la obra de una abeja artista, la decoradora de la colmena. Si el fantasma se hubiera molestado en mirar, habría encontrado una diminuta figura de cera en cada una de las celdas del panal. Las esculturas representaban objetos de lo más diverso: árboles, flores, zapatos rotos, rastrillos... y casi cualquier cosa que se puede encontrar una abeja mientras sobrevuela el campo. Pero el fantasma miedoso nunca supo nada de su arte y aquella calavera diminuta no hizo más que confirmar sus prejuicios sobre la crueldad sanguinaria de los seres salvajes. Y desde aquel día el fantasma miedoso es todavía más miedoso.