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El delicioso

publicado a la‎(s)‎ 18 feb. 2014 5:53 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:21 ]


Había una vez un gato casero que estaba delicioso. Tenía un sabor tan fantástico que ningún ser vivo podría haberse resistido a comérselo con sólo rozarle con los labios. Estaba tan rico que incluso él mismo pasaba horas y horas lamiéndose el pelaje para disfrutar de su propio sabor. Por suerte nadie en la casa sabía que el gato fuera tan sabroso, porque opinaban que a un gato no se le debe tocar con la boca, por si los microbios. Así, el minino vivió muy feliz durante unos cuantos años.


Pero la cosa se complicó cuando nació Ana. Esta niña, con su manía de llevárselo todo a la boca... Era cuestión de tiempo que descubriera el secreto que tan calladito guardaba.

La niña se pasaba el día con la cola del gato en la boca y en cuanto supo hablar le contó a su mamá (y a todo el mundo) lo rico que estaba éste.

Al principio nadie la creyó, pero un día su tía Vera besó al minino (que además de sabroso era muy guapo) y... no sé que pasó por su cabeza pero empezó a relamerse de una manera tan sospechosa que el pobre echó a correr y no volvió a salir de debajo de la cama en tres días. A partir de entonces las conversaciones sobre el sabor del gato eran cada vez más frecuentes. Uno por uno, todos los habitantes de la casa fueron probando que si una orejita, que si la cola... en cuanto el gato se descuidaba ¡zas! le daban un beso. Y los debates eran intensos: unos decían que sabía a mora madura, otros a melón con melaza...


El caso es que se acercaba la Navidad y todos pensaban que el gato sería un buen plato para servir a los invitados. Padres y abuelos (y hasta la tía Vera) ya estaban proponiendo recetas y siropes con los que servir este postre tan especial.

Llegado el día, toda la familia salivaba como lobos hambrientos, todos excepto la pequeña Ana, que con chuparle una pata se conformaba. 

Cuando la abuela se acercó para llevarse al gato, Ana lo comprendió todo. Empezó a llorar y llorar, todo lo fuerte que podía. En vano intentaron tranquilizarla, en vano le decían que el gato sólo era un animal. La niña lloraba como si fueran a cocinarla a ella misma y no soltaba al gato ni a la de tres.

-Pero Ana -le explicó su padre- este gato está delicioso, lo suyo es que nos lo comamos.

-Y si yo estuviera deliciosa ¿también me comeríais? - preguntó la niña entre sollozos.


Padres, abuelos y la tía Vera no tuvieron más remedio que comprender que la niña tenía razón. Y dejaron de perseguir al gato, conformándose con darle un besito de vez en cuando.