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El árbol y el pájaro

publicado a la‎(s)‎ 6 abr. 2013 8:35 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:23 ]


Un joven árbol escuchó a los pájaros contar las maravillas que habían visto en sus viajes y quiso verlo con sus propios ojos. Pero los árboles no pueden viajar, están bien amarrados a la tierra con sus raíces, de modo que al pequeño sólo le quedaba crecer y crecer hasta alzarse por encima de los demás árboles y, desde ahí, divisar el horizonte.
Puso todo su empeño en ello: cada gota de savia de la que disponía era enviada hacia arriba, procurando crecer a lo alto en vez de a lo ancho. Y así se fue alargando, mientras las ramitas laterales apenas tenían fuerzas para sostener las pocas hojas que brotaban en las estaciones más cálidas. Ningún pájaro se acercaba a descansar en sus ramas y menos todavía a anidar sobre ellas, mientras los árboles vecinos acogían toda clase de aves coloridas.
Al verse tan solo y apartado, el joven árbol tenía aún más ansias por crecer: tal vez, cuando fuera el más alto de su bosque, cuando se le viera desde lejos, entonces... puede que algún pájaro hermoso le agarrara por una rama y se lo llevara en volandas hasta esos maravillosos lugares lejanos. Pero cuanto más crecía hacia arriba, más profundas se volvían sus raíces, pues es bien sabido que éstas siempre crecen como un espejo de la copa, bajo tierra.

Un atardecer, cuando ya despuntaba sobre todos los árboles vecinos, vio un pájaro que se acercaba con la mirada fija en él. Comprobó que éste bajaba las patas y abría las diminutas garras preparándolas para enganchar una de sus ramas. Había llegado el día, sin duda se trataba de su pájaro hermoso que le llevaría volando al otro lado del mundo. Aflojó las raíces y se preparó para el despegue.
Pero el pájaro, que venía cansado de un largo viaje, sólo buscaba un lugar donde pasar la noche antes de emprender de nuevo el vuelo a cambio de unos cuentos alegres que contaría al día siguiente, al salir el sol. Así que, una vez posado sobre la rama, se acicaló algunas plumas y escondió el pico bajo el ala, con los ojos cerrados.
El árbol enfureció con semejante desfachatez: el dichoso pájaro no sólo le había dejado en tierra, sino que le hundía todavía más con el peso de su cuerpo. Sacudió las ramas con fuerza hasta conseguir que el pájaro se marchara entre protestas y juramentos.

Desde ese día ningún otro pájaro se le acercó. A veces venían bandadas enteras, seguramente de países muy lejanos, pero ninguno se posaba sobre nuestro árbol larguirucho, pues su fama de gruñón había dado la vuelta al mundo. Preferían posarse sobre los otros árboles más generosos, que florecían de alegría ante la llegada de las bandadas de pájaros y crecían a lo alto y a lo ancho, hacia el cielo y bajo tierra, alimentados por el sol y los cuentos de los viajeros.