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La verdadera historia de Edward, el fantasma



Había una vez un fantasma que vivía en una diminuta tribu del Cuerno de África. En realidad nuestro fantasma había vivido (y muerto) en Londres, pero acudió hasta Etiopía en una ocasión, invocado por el santero de la tribu, y ahí se quedó a vivir. El cálido clima de África resultaba mucho más beneficioso para su viejo cuerpo hecho de vapores.
Al principio Edward, nuestro fantasma, se sintió asombrado por todas las maravillas que ofrecía el desierto de Danakil. Agradeció el alivio que el calor aplicaba sobre sus huesos vaporosos y procuró cumplir con su misión de espectro lo mejor que supo. Cuando los demás fantasmas del lugar le miraban raro (probablemente por llevar bombín y paraguas), Edward procuraba hacer caso omiso y ocuparse de sus asuntos. Hacía sus rondas nocturnas en solitario y se acostumbró a mantenerse un poco apartado de las demás almas en pena durante los rituales del santero.

Sin embargo, con el tiempo, Edward empezó a sentirse solo. Ni el fantasma más muerto puede sobrevivir ... bueno, en este caso sería más correcto decir que no puede "sobremorir" sin otro igual con el que compartir su condena eterna.
Cuando ya no podía más, el fantasma decidió regresar a casa: en la primera ocasión en la que le invocaran para alguna sesión de espiritismo, viajaría hasta Londres y ahí se quedaría, con o sin dolor de huesos. Pero, ay, cuando han pasado 200 o 300 años ya nadie se acuerda de uno y no había modo de que le volvieran a invocar. Y así fue como Edward se convirtió en un fantasma que ya no era de ninguna parte: ni le querían aquí, ni le buscaban allí.

Entonces tuvo una idea: iba a hacerse famoso. Si todos los brujos, santeros o videntes oían hablar de él, le invocarían en todas partes, también en Londres. Desde ese momento Edward dedicó cada minuto del día en tramar las apariciones que realizaría durante la noche, mejorando sus conocimientos de fantasma y atreviéndose a entrar en las alcobas de los guerreros más valientes. Tomó clases de canto para aullar en do mayor, aprendió a despertar a los asnos salvajes y hasta se compró unas cadenas de quita y pon para que sus pasos sonaran más dramáticos. Pero pese al esfuerzo, nada: siempre que llevaba a buen término una hazaña, le contaban la historia de otro fantasma que lo había hecho mejor que él, años o siglos atrás.

Un día caluroso como pocos, Edward se encontraba absorto en crear nuevas ideas con las que llamar la atención. Estaba inspirado ¡se le había ocurrido la mejor idea de todos los tiempos! Como loco anotaba en la arena el mapa de sus travesuras y ni se enteró de la presencia del vendedor de helados hasta que lo tuvo al lado:


—¡Al rico helado, oiga! — gritaba el vendedor, pese a que el desierto estaba... bueno, el desierto estaba desierto.

— Deme uno de esos helados —dijo Edward sin despegar la vista de su mapa. Tan absorto estaba en su idea fabulosa, que el pobre ni se acordaba de que estaba muerto y, por lo tanto, no comía helados.

El vendedor, que de pronto se había vuelto blanco, le tendió un cucurucho de helado de cactus y echó a correr sin cobrar siquiera la mercancía.

Te diré que la fechoría que el fantasma había planeado con tanto ahínco tampoco tuvo éxito aquella noche, pero por la mañana, los periódicos del mundo entero amanecieron con un titular: "Fantasma inglés compra helado de cactus en pleno día". Y el mundo entero se estremecía ante la idea de que los fantasmas existieran de verdad. Pero lo más importante es que todos los videntes, santeros y brujos del planeta conocieron el paradero de Edward.
Durante las noches siguientes, a Edward le invocaban de todas partes, tuvo que viajar a tres o cuatro países cada noche para cubrir todas las solicitudes que recibía. Siguió apareciendo en los periódicos y recibió cartas, ruegos y ofrendas de día y de noche... Y todo por haber comprado un helado que ni siquiera había sido consciente de haber comprado. Había tenido suerte, de otro modo quién sabe cuánto habría tardado en lograr su propósito. Así había sido, un golpe de suerte inesperado.

Durante su vuelo de regreso a Londres, Edward anotó el mejor mensaje de ultratumba que debía transmitir a los mortales: "La suerte existe, pero tiene que encontrarte trabajando."