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Corriendo con gatos extraordinarios

publicado a la‎(s)‎ 4 feb. 2015 3:35 por Anca Balaj   [ actualizado el 21 ene. 2016 5:20 ]



Cuando tenía tu edad yo era un bicho raro. Mis padres estaban muy preocupados por mi extraño comportamiento: desde que me levantaba hasta que me acostaba, yo corría sin parar.
Me gustaba correr. Corría en pijama desde la cama a la cocina en cuanto oía el despertador, corría para ir al baño siempre en el último momento y al borde del pis; corría dando vueltas alrededor de la mesa mientras desayunaba y después corría detrás del autobús escolar hasta el colegio. Una vez en el aula, corría a la papelera para hacer punta, corría a abrir o cerrar las ventanas y corría a limpiar la pizarra cada vez que había que hacerlo. Y así todo el día, corría y corría y corría. Muchas veces incluso corría en sueños.
Por la tarde solía ir al parque. Mi madre me llevaba nada más salir del colegio, “Para que se desfogue" —decía. Ese era el único momento del día en el que no me reñían por correr y así el parque se convirtió en mi lugar favorito en el que hubiera pasado mi vida entera si me hubiesen dejado.

Ahí, en el parque, era donde corría con los gatos extraordinarios. ¿Has corrido alguna vez con un gato, aunque fuese un gato común? Si es así entenderás de lo que te hablo, pero sólo a medias, los gatos con los que yo corría eran realmente extraordinarios: Flurb, un enorme gato sin dientes que siempre nos ganaba en el juego de las estatuas, Ziufu que sabía leer la mente de los humanos y Tasmi que abría cualquier caja, puerta o contenedor que pudiéramos encontrarnos. Tasmi era el que más corría de todos, incluyéndome a mí.

Lo que pasa cuando corres con gatos, sobretodo si son tres, es que te lías a correr y se te olvida mirar por donde vas. Así me pasó un día. Corrimos y corrimos y, a la que me quise dar cuenta, ya no sabía dónde estaba. Nos habíamos adentrado tanto entre los árboles  que ya no se veían los columpios, ni había senderos. El parque se había convertido en un bosque espeso. 
Paré en seco. Ziufu supo enseguida qué era lo que me pasaba y paró también. Flurb, creyendo que estábamos jugando a estatuas, se quedó también petrificado. Sólo Tasmi siguió corriendo por un rato, pero, al ver que no le seguíamos, volvió junto a nosotros. Como era un gato extraordinario, se aburría con mucha facilidad, así que enseguida empezó a rascar la tapa de un contenedor para hojas secas que había a mi derecha, con el fin de probar su don de abrir tapas y cajones.

Entonces oímos un crujido. Sonaba a ramas y hojas secas, sonaba a pasos de alguien más grande que nosotros cuatro juntos. No tuve tiempo ni de pensar, de un salto ya estaba dentro del contenedor de hojas, a oscuras, pinchándome con las puntas y tragando bichos. Sí, daba asco, mucho asco, pero era mucho mejor sentir un escarabajo bajando por la garganta que enfrentarse a la criatura gigantesca que se estaba acercando. Era supervivencia pura, en situaciones así nadie sabe de lo que es capaz. 

Los crujidos se fueron acercando y la fiera dijo mi nombre. Al principio pensé que sólo eran imaginaciones mías, desde el contenedor con la tapa cerrada los sonidos llegaban muy distorsionados, pero la criatura repitió una y otra vez mi nombre. Mientras una hormiga visitaba el interior de mi nariz, yo cruzaba todos los dedos que podía para que se alejara y me buscara en otra parte. 
No sé lo que les pasó a los gatos en ese momento, pero pese a ser extraordinarios decidieron traicionarme. Quizás se vieron presionados por la fiera, quizás fuera cuestión de supervivencia, pero escuché como uno de ellos se subía a la tapa de contenedor y maullaba. Por la entonación supe que era Ziufu. Venga a maullar y a maullar. Cuanto más se alejaban los crujidos, más fuerte maullaba él. La criatura volvió sobre sus pasos y entonces oí como alguien rascaba la tapa. Creí que mis días habían llegado a su fin, seguramente las garras de la fiera acabarían por destrozar el contenedor.

“Miau” –escuché justo encima de mi cabeza. 
¿Cómo que “miau”? Ese miau… la tapa del contenedor a punto de ser abierta… ¡Tasmi! También había sucumbido al miedo y me estaba delatando, mientras la criatura no paraba de gruñir mi nombre, probablemente relamiéndose de antemano.
Al cabo de dos segundos la tapa cayó y yo… yo me puse a gritar con todas mis fuerzas. Nadie sabe como va a reaccionar en momentos así. Yo grité como si estuvieran metiéndome espinacas en la boca por la fuerza ...o incluso más.

Mis propios gritos me impidieron oír acercarse a la criatura. Vi como una sombra iba tapando la luz. Cerré los ojos, no quería verla… Entonces sentí sus manos en mis costillas, agarrándome, levantándome y sacándome de mi escondite… y seguí gritando todo lo fuerte que podía, pataleando y luchando con valentía: si iba a comerme, al menos no se lo pondría fácil.

La criatura me dejó en el suelo. Y me abrazó. Sí, te digo la verdad, me abrazó ahí mismo, me dio un beso en la cabeza y me volvió a abrazar y acariciar con ternura.Pensé que de haber sabido que iba a besarme, no me habría tragado tantos bichos ni me habría dejado explorar la nariz por esa hormiga curiosa. 
La criatura olía a un perfume conocido, el perfume de mi mamá. Su piel era suave y llevaba un vestido amarillo de manga corta. Era un vestido igual que el de mi mamá.